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Fundamentación del Proyecto Educativo PDF Imprimir E-mail

Toda Institución Educativa debe tener, desde su inicio, ideas claras que la identifiquen, que justifiquen su razón de ser y estar en la comunidad. Al decir esto estamos refiriéndonos a un determinado tipo de cultura institucional que excede lo netamente pedagógico.

Es sabido que la escuela ha cumplido históricamente, con el mandato social de ser transmisora de cultura de las generaciones mayores a las generaciones menores. En la actualidad, además, se sabe que para poder cumplir con ese rol en forma eficiente cada institución debe hacer un diagnóstico fuerte y concreto de la comunidad en la cual está inserta a fin de poder trabajar de forma interrelacionada con su medio y poder brindar a cada integrante el máximo desarrollo de sus potencialidades.

Decimos, además, que una identidad institucional saludable requiere de una actitud coherente y flexible, capaz de tolerar la ruptura de estructuras establecidas, de identidades previas. Ruptura que deberá permitir una nueva construcción superadora que respete y recree los rasgos distintivos saludables que caracterizan su identidad anterior.

Entendemos pues que el conjunto de ideas que informan acerca de nuestra identidad no pueden ser estáticas ni aisladas del entorno social ni de los cambios propios que marcan cada tiempo histórico. Esto sin detrimento de reconocer que como institución católica deberemos direccionarnos hacia fines trascendentes, a pesar de las contingencias que surgen dentro de nuestra realidad social actual.

Es importante pues plantearnos ¿qué espera la sociedad de la escuela y qué espera la escuela de la sociedad?

Como católicos hablamos del bien común, del valor de la justicia, pretendemos entonces, a partir de la educación, construir una sociedad más justa, una buena sociedad en un sentido completo. Al respecto deberíamos reflexionar que al hablar de justicia no lo asociamos a igualdad, sino más bien a equidad, esto es apuntar a la acción de aceptar a cada hombre y mujer como es, permitiendo el desarrollo de todas sus potencialidades en lo individual, pero sin descuidar a los menos favorecidos.

La función esencial de la educación es humanizar, ayudar al hombre a ser plenamente humano. Humanizar y personalizar al hombre orientándolo hacia lo trascendente, su fin último. “La educación será más humanizadora en la medida en que más se abra a la trascendencia, es decir, a la Verdad y al Sumo Bien”.